Un día, movido ya por la gracia, pero ligado todavía con el mundo por el atractivo del brillante porvenir que se abría a su juventud, caminaba San Bernardo a través de los campos de Borgoña. Andaba en silencio, mientras en su espíritu se revolvían multitud de importantes pensamientos: el mundo, con sus bullicios y constantes vicisitudes, de tal manera se ofrecía a su vista como un vano espectáculo, que comprendió de repente la voz que le hablaba en el fondo de su corazón: «Vengan a Mi todos los que sufren y andan cargados de penas y trabajos, y Yo los aliviaré; tomen mi yugo y hallarán el descanso para sus almas, pues mi yugo es suave y ligera mi carga.»
Al oír esto, se apoderó del corazón de Bernardo un deseo celestial. Entró en una capilla que había al borde del camino; y allí, postrado de rodillas al pie del altar, oró con lágrimas abundantes, levantados los ojos al cielo y abriendo de par en par su corazón a la presencia del Señor. A partir de entonces, una paz inefable bajó a su alma: el soplo divino reanimó el rescoldo de su corazón y, abrasado de amor, Bernardo se consagró para siempre a Dios.
Esa voz suave e interior que hizo estremecer a Bernardo hasta la médula, y le llamaba al desierto, se hace oír en todos los tiempos, a todas horas, y en todas las situaciones. A veces nos llega en medio de las alegrías del hogar doméstico donde una santa madre nos ha enseñado a amar y servir a Dios; a veces entre los cantos sagrados y el incienso que se eleva alrededor del altar del Sacrificio Eucarístico. Va a buscarnos en la campiña donde nacimos y donde pensábamos morir; en medio del fragor de la industria, en las mil preocupaciones del comercio, en los trabajos de un humilde oficio o en las satisfacciones de una lucha carrera, en el estudio de la ciencia o en los éxtasis del arte, y hasta en medio del remolino de los placeres mundanos. A todos esos elegidos les dice la voz: «Tu es sacerdos in aeternum: tú has sido elegido para sacerdote por toda la eternidad, levántate y ven.»[1]
[1] Fuente: Cf. J. Millot, Pbro, Camino de Apóstol