La Vocación es un Don de Dios que nace en el interior del corazón y se descubre en la oración y el silencio. Seguir a Cristo hace la vida muy hermosa.
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La Vocación es un Don de Dios que nace en el interior del corazón y se descubre en la oración y el silencio. Seguir a Cristo hace la vida muy hermosa.
La Vocación consiste en la aptitud y la rectitud de intención, unidas al llamado de Dios y la respuesta humana. Es necesario querer seguir el llamado.
La Vocación Religiosa no consiste solo en sentimientos o inclinaciones interiores. Debe ser discernida con prudencia y confirmada por la autoridad legítima.
Responder a la Vocación es dejarse guiar por Dios con generosidad y firmeza. Es vivir para Dios, Iglesia y almas. Es decir con fe: “Aquí estoy, Señor”.
La Eucaristía es el Don supremo de Cristo confiado al Sacerdote. En ella, su amor se hace presente y transforma la vida del mundo.
Dios llama a cada persona a la santidad, especialmente a través de la vocación religiosa, como una invitación de amor y entrega total.
Una escuela donde, conforme al estado de cada uno, se hallen los medios para trabajar intensamente por el Reinado de Jesucristo, nuestro Señor y Rey
La perfección en la vida apostólica nace de una determinación firme: huir del naturalismo mundano y abrazar con seriedad las enseñanzas de la Iglesia.
San Bernardo escuchó la voz que lo llamaba a dejar el mundo y consagrarse a Dios. Una llamada que sigue invitando a los elegidos a seguirle.
Una invitación a escuchar la voz de Dios que llama a una entrega más alta: la vocación que abraza el sacrificio, la santidad y la misión de salvar almas.