El Evangelio enseña que quien quiere alcanzar la perfección debe desprenderse de lo terreno y amar a Jesús por encima de todo. Seguir a Cristo implica pobreza, sacrificio, entrega y fidelidad en medio de las cruces de cada día.

1. Jesucristo nos invita a seguirle.
Cuando andaba JESÚS en sus correrías apostólicas, se le acerca un joven, se arrodilla ante Él y le dice: «Maestro: ¿qué de bueno haré yo para alcanzar la vida eterna?» Le dice Jesús: «¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno solo es bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Insiste el joven: «¿Cuáles?» Y Jesús le responde: «No matarás, no adulterarás, no hurtarás, no levantarás falsos testimonios; honra padre y madre y ama al prójimo como a ti mismo». Vuelve a insistir el joven: «Todo eso lo he guardado. ¿Qué me queda aún?» Dícele Jesús: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue triste, porque tenía muchas riquezas. (Mt. 19, 16-22).
Esta invitación de Jesús a aquel joven para que le siguiese, es una invitación general, que se nos hace a todos desde las páginas del Evangelio, para que vayamos en seguimiento de Cristo. Pero…
¿En qué consiste el seguir a Jesús? La vida de Jesús en los tres últimos años que pasó en este mundo fue un continuo ir de acá para allá por los pueblos y ciudades de Palestina, predicando el reino de Dios, pero no iba solo. Le acompañaban los apóstoles, que vivían con Él y llevaban su misma vida. Por tanto, seguir a Jesús es vivir con Jesús, llevar la vida de Jesús, imitar sus virtudes.

2. Jesús nos invita a buscar la perfección.
En el pasaje anterior el mismo JESÚS distingue con toda claridad lo que se requiere para entrar en el cielo, de lo que exige para alcanzar la perfección. «Si quieres entrar en la vida, dice Cristo, guarda los mandamientos.» Pero cuando el joven le dice que los ha guardado, y pregunta si le queda algo por hacer, Jesús le responde: «Si quieres ser perfecto, ve y vende cuanto tienes y dalo a los pobres, …y ven y sígueme.» Para alcanzar la perfección exige Jesucristo desprendimiento de todo lo terreno y seguirle muy de cerca en la imitación de sus virtudes; pues en la imitación de las virtudes de Cristo consiste la verdadera perfección.
Jesús nos invita a desprendernos del cuidado y amor desordenado a los parientes. JESÚS, Príncipe de la paz, les decía un día a sus apóstoles: «No piensen que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama al padre y a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí.» (Mt. 10, 34-37).

Con más crudeza les dijo en otra ocasión: «Si alguno viene a Mí y no aborrece al padre, a la madre, a la mujer, a los hijos, a los hermanos, a las hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo». Es verdad que aborrecer en la lengua que hablaba Jesús significa amar menos, pero aun así el sentido de la frase es enérgico y contundente. (Lc. 14, 26).
En sus andanzas se encuentra con uno y le dice: «Sígueme»; y respondió éste: «Señor, déjame ir primero a sepultar a mi padre.» Jesús le contestó: «Deja a los muertos sepultar a sus muertos, y tú vete y anuncia el reino de Dios.» (Lc. 9, 59-62).
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero déjame antes despedirme de los de mi casa.» Jesús le contesta: «Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado, mire atrás, es apto para el reino de Dios.» (Lc. 9, 61-62).
Con expresiones tan gráficas y palabras tan rotundas nos indicó Jesús hasta qué punto exige el desprendimiento del amor desordenado y cuidado de los parientes en todos aquellos que quieran seguirle de cerca.
3. Jesús nos invita a que le imitemos en su vida de pobreza.

Ya hemos visto lo que dijo a aquel joven, que deseaba la vida eterna: «Ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres.»
Otra vez dijo a sus apóstoles: «Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo.» (Lc. 14, 33).
Y a un escriba que le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas», le contestó Jesús: «Las raposas tienen cuevas y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza.» (Lc. 9, 57-58).
Jesús nos invita a tomar nuestra cruz, y cargados con ella, ir en pos de Él. «Tomen sobre ustedes mi yugo…; mi yugo es suave y mi carga ligera… El que no toma su cruz y viene en pos de Mí, no puede ser mi discípulo… El que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno de Mí…». Son frases de Jesús en el santo Evangelio, con que a todos nos invita a ir en seguimiento suyo.