La vocación religiosa de ningún modo consiste, por lo menos necesariamente y por vía ordinaria, en una cierta inclinación de la persona, o impulsos del Espíritu Santo, a abrazar el estado religioso.
Si en esto consistiera la vocación, resultaría muchas veces insegura, falaz e ilusoria, ya que no nos podemos fiarnos mucho de tal inclinación e inspiraciones sujetas a tantos engaños, máxime en asunto de tanta trascendencia.
Además, en tal caso, el que dijera o manifestara sentir tal inclinación, tendría cierto derecho a ser admitido en este género de vida, derecho que en realidad de verdad nadie tiene, si no es elegido por los superiores, como representantes de Dios.
Hay otra razón, y es que la vocación así entendida quitaría la libertad de acción en los superiores que eligen a los candidatos.

En los seminarios, y aun en los colegios de religiosos, es muy frecuente que los alumnos más piadosos sientan alguna vez, y aun varias, deseos de ser religiosos. Pero no vamos a decir por eso que tales deseos sean verdadera vocación. Son algo pasajero, consecuencia del ambiente en que viven. Duran poco, sin que esto les impida ser buenos.
Sin embargo, tal inclinación a la vida religiosa, aunque no sea señal inequívoca de verdadera vocación, es una gracia de Dios, que se ha de tener en grande estima. La da Dios frecuentemente a muchos que por distintas causas y sin culpa de ellos no logran ver cumplidos sus deseos. Pero les fue de gran utilidad, pues por la tal inclinación se dieron más a la oración, se apartaron de los peligros del mundo y se acercaron más a Dios.
Ese deseo ardiente, que algunos conservan durante largos años y aun toda la vida, es como una insistente llamada de Dios para la práctica de la virtud.
Si tal inclinación sintieres, piensa que viene de Dios; consérvala en tu interior, pero sométete a las indicaciones de los Padres Espirituales, y procura no perder la paz. Ya ve Dios tus buenos deseos, que no quedarán sin recompensa.