Dios concede la vocación como una serie de gracias que requieren correspondencia. Se manifiesta interiormente y externamente, y debe probarse con obras y perseverancia.
En qué consiste la vocación.
Para que uno pueda ser recibido en una religión no se requiere sino rectitud de intención, y aquella aptitud de naturaleza y gracia, que se prueba por la integridad de vida y suficiencia de conocimientos, por los cuales se tienen fundadas esperanzas de que el candidato ha de salir airoso en el desempeño de las obligaciones que incumben a un religioso.
Consiste, pues, la vocación, considerada en los candidatos, en la aptitud para la vida religiosa, junto con la ausencia de irregularidades, y rectitud de intención.
Esta rectitud de intención debe ser personal, y consiste en desear la vida religiosa por los fines que le son propios: la salvación eterna, la santidad, la mayor gloria de Dios.
Hablando en términos generales, podemos decir que la vocación en nosotros consiste en dos cosas, que son: valer y querer; valer para la vida religiosa y quererlo con buena intención.
O también, consiste la vocación religiosa en todo aquello que trae consigo el llamamiento de Dios y va acompañado de la cooperación de la propia voluntad.
Como ejemplo podemos poner el de un rey, que, queriendo elevar a un sujeto a los más altos cargos, le da antes los títulos convenientes, para que pueda subir a aquel puesto con todo decoro.
A los que reúnen la aptitud para la vida religiosa y esa inclinación interior, pero no se deciden a dar el paso, habría que decirles: La vocación no consiste tanto en saber lo que Dios quiere de ti, y si verdaderamente te llama, cuanto en conocer lo que tú le quieres dar a Dios; y si estás pronto a seguir su llamamiento o invitación.
Reflexiona a ver en qué caso tú te encuentras. ¿Tienes esa aptitud? Eso no te toca a ti decirlo. Los superiores, con quienes te has educado, pueden informar. Los examinadores de tu vocación lo han de decidir. El querer de ti depende; de tu propia voluntad, ayudada de la gracia de Dios.
Pide a Dios esa gracia con verdadera insistencia. Que prevalezca sobre la inclinación natural a las cosas del mundo. Que sea la que triunfe en esa lucha entre el espíritu y la carne. Que aciertes con lo mejor, lo que te asegura la salvación eterna, lo que es de mayor gloria de Dios.

Diversas clases de vocación.
La vocación en nosotros puede ser cierta, dudosa o falsa, según que conste con certeza de las cualidades requeridas en los sujetos; o haya motivos graves para dudar; o se encuentren razones sólidas en contra.
Si tu vocación es cierta, da gracias a Dios por ello y mírala como una distinción señaladísima de su infinita bondad para contigo. Si fuere dudosa, procura, en cuanto de ti dependa con tu buen comportamiento, insistentes ruegos y frecuente oración, hacerla cierta. Y si no hubiere tal vocación, resígnate. No por eso te vas a desanimar. Hay muchos caminos para llegar al cielo y alcanzar la santidad.
Reflexiona y medita cuál es tu camino para el cielo; el que Dios te tiene señalado. Si obras con rectitud de intención, no te faltará la gracia de Dios, para que te puedas salvar, y aun llegar a la santidad, aunque no seas religioso.
La vocación puede ser remota o próxima, según la edad y otras disposiciones de los sujetos.
Todavía no tienes la edad que señala la Iglesia, para ser admitido en el Noviciado; no has terminado tus estudios de bachillerato. Pero no te descuides. No digas: tengo todavía mucho tiempo para pensarlo. ¿No sabes que la vocación es por parte de Dios como una cadena de gracias, con que va disponiendo a los que ha elegido para la vida religiosa? Pero, si se rompe esa cadena…
Si te haces indigno de esas gracias de Dios, cuando llegue la hora, o no querrás, o acaso, aunque quieras, no te admitan. Te hiciste indigno. Dejaste pasar la hora de Dios, que te llamaba.
La vocación es interna, puesto que consiste en la moción de la gracia y se descubre por la voz de la conciencia, o por el testimonio de los ángeles. Y se dice también externa, cuando se manifiesta por señales exteriores.
No te avergüences de dar señales de verdadera vocación. Pero hazlo más bien con las obras, que con las palabras. Que tu comportamiento, antes de entrar en el Noviciado, sea tal que constituya una verdadera garantía de perseverancia.
Termina la meditación con un coloquio muy fervoroso a la Santísima Virgen, y pide las gracias que te sean más necesarias, según el estado en que te encuentres.