Contemplar los dolores de la Virgen María es acercarnos al corazón de una Madre que conoció profundamente el sufrimiento, pero que nunca dejó de amar, de creer y de esperar.
María no buscó el dolor. Su vida estuvo marcada por un amor generoso a Dios. Desde la Anunciación pronunció aquel humilde y decisivo: «Hágase en mí según tu palabra». Y aquel «sí» fue también un sí al camino que la conduciría hasta el Calvario.
A lo largo de su vida, María fue atravesando distintos dolores. La tradición cristiana los contempla especialmente como los siete dolores de la Virgen, y en cada uno de ellos podemos descubrir también algo de nuestras propias luchas y sufrimientos.

1. La profecía de Simeón
Cuando María y José presentan al Niño Jesús en el templo, Simeón anuncia a María: «Y a ti misma una espada te atravesará el alma».
María comprende que su maternidad estará unida también al sufrimiento. No sabe cuándo ni cómo llegará aquella «espada», pero continúa confiando en Dios.
También nosotros tenemos temores e incertidumbres sobre el futuro. María nos enseña a confiar en Dios aun cuando no sabemos qué sucederá.
2. La huida a Egipto
Para proteger al Niño Jesús de la persecución de Herodes, María debe abandonar rápidamente su tierra y marchar a Egipto junto a José y Jesús.
Es el dolor de quien tiene que dejar atrás su hogar, sus proyectos y aquello que conoce para comenzar de nuevo.
María nos recuerda que los cambios inesperados y las dificultades no significan que Dios nos haya abandonado. Él también está presente cuando la vida nos obliga a comenzar de nuevo.
3. Jesús perdido en el templo
Durante tres días, María y José buscan angustiosamente a Jesús, hasta encontrarlo finalmente en el templo.
Es el dolor de una Madre que busca a su Hijo y no lo encuentra. También representa aquellos momentos en los que nosotros sentimos que Jesús está lejos, que nuestra oración parece no tener respuesta o que hemos perdido la paz.
María nos enseña a no abandonar la búsqueda. Cuando no sintamos a Jesús, debemos seguir buscándolo en la oración, en la Eucaristía, en la Palabra y en los sacramentos.

4. María encuentra a Jesús camino del Calvario
Jesús, herido y agotado, camina hacia el lugar de la crucifixión. Entre la multitud aparece su Madre. Sus miradas se encuentran.
María quisiera aliviar el sufrimiento de Jesús, pero no puede quitarle la Cruz. Sin embargo, puede permanecer a su lado.
Hay sufrimientos que tampoco nosotros podemos solucionar. Pero podemos acompañar, escuchar, rezar y permanecer junto a quien sufre. A veces, nuestra presencia es la mejor forma de amar.
5. María permanece al pie de la Cruz

Este es el corazón de los dolores de María. Jesús está crucificado y muriendo, y su Madre permanece junto a Él.
Hay una palabra que resume admirablemente este momento: «Estaba». Cuando muchos habían huido, María estaba allí. Cuando todo parecía perdido, ella permanecía.
María nos enseña a permanecer también nosotros junto a nuestra cruz. No siempre podemos cambiar nuestras circunstancias, pero sí podemos vivirlas unidos a Cristo y ofrecer nuestro sufrimiento a Dios.
6. María recibe en sus brazos el cuerpo de Jesús
Después de la muerte del Señor, María recibe en sus brazos el cuerpo de su Hijo. Aquellos mismos brazos que lo habían sostenido de niño ahora abrazan su cuerpo muerto.
Es el dolor de una madre ante una pérdida que ya no puede cambiar. María nos enseña que la fe no elimina las lágrimas: podemos llorar y seguir creyendo; podemos sufrir y continuar esperando.
También nosotros tenemos pérdidas y heridas que debemos aprender a entregar a Dios. Una lágrima ofrecida al Señor puede convertirse en una verdadera oración.
7. Jesús es colocado en el sepulcro
Finalmente, el cuerpo de Jesús es colocado en el sepulcro y una piedra cierra la entrada. Todo parece terminado. María queda sumida en el silencio y tiene que esperar.
Este último dolor nos habla de esas etapas de nuestra vida en las que parece que Dios guarda silencio y no vemos ninguna salida. Pero María nos enseña a esperar con confianza. El silencio de Dios no significa su ausencia.
El sepulcro no era el final. Tampoco nuestras noches, sufrimientos o dificultades tienen que ser el final de nuestra historia. Dios continúa obrando, incluso cuando nosotros no podemos verlo.

María, Madre de los Dolores y Madre de la Esperanza
Los siete dolores de María no son simplemente el recuerdo de una Madre que sufrió mucho. Son también un camino de fe. María sufrió, lloró y tuvo que esperar, pero nunca dejó de confiar en Dios.
Su «sí» de la Anunciación se convirtió también en un «sí» al pie de la Cruz: un sí que permaneció firme incluso cuando no comprendía.
Por eso, cuando atravesemos nuestros propios dolores, podemos mirar a María. Ella conoce el miedo, la angustia, la pérdida, la espera y el silencio. Y precisamente por eso puede acompañarnos.
María no siempre viene a quitar nuestra cruz; viene a enseñarnos a llevarla con Jesús.
Y después de la Cruz viene la Resurrección. Después del silencio llega la vida. Porque para el cristiano, el dolor nunca tiene la última palabra: la última palabra la tiene Dios.
Santa María, Madre de los Dolores, ruega por nosotros.
Nuestra Señora de la Esperanza, enséñanos a confiar.