Desde siglos pasados, la Iglesia ha consagrado mayo a la Virgen María. En este mes, honramos a María con flores, oraciones y actos de piedad y amor filial.
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Desde siglos pasados, la Iglesia ha consagrado mayo a la Virgen María. En este mes, honramos a María con flores, oraciones y actos de piedad y amor filial.
Tras el milagro visto por muchos fieles en 1630, se instituyó la fiesta de la Virgen del Milagro, el 27 de noviembre, vinculada luego a la Medalla Milagrosa.
La Virgen María, así como estuvo llena de amargura en los misterios de la pasión, estuvo llena de gozo por la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Una anciana, atrapada por un leopardo, clama a la Virgen en medio del dolor. Su fe sencilla abre paso al milagro: la fiera huye y ella salva su vida.
El Corazón de Jesús es la obra más perfecta del amor de Dios. En Él se unen lo más santo del cielo y lo más puro de la tierra para nuestra Redención.
A través de la oración, el rosario y una vivencia interior, Anthony comprende cómo María lo conduce a Jesús y a su presencia real en la Eucaristía.
En la Anunciación, María responde libremente al plan de Dios con su “fiat”, haciendo posible la Encarnación del Señor Jesucristo.
Entre la muerte y la vida, el Escapulario se convierte en signo de Salvación. La gracia de Dios transforma su tragedia en una vida consagrada.
La vida del Padre Muard quedó marcada por María: ella guio su vocación, su obra y también el instante final en que entregó su alma al Señor.
Gravemente enferma y sin solución médica, Teresa llegó a Lourdes. Tras la procesión, sus heridas abiertas se cerraron de forma repentina e inexplicable.