Los siete dolores de la Virgen María no son simplemente el recuerdo de una Madre que sufrió mucho. Son también un camino de fe. María sufrió, lloró y tuvo que esperar, pero nunca dejó de confiar en Dios.
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Los siete dolores de la Virgen María no son simplemente el recuerdo de una Madre que sufrió mucho. Son también un camino de fe. María sufrió, lloró y tuvo que esperar, pero nunca dejó de confiar en Dios.
Con el subtítulo «Volvemos a los cuarteles de invierno», el P. José María Escudero, mCR, Superior General de la Sociedad Misionera de Cristo Rey, nos manda esta carta circular.
María es Madre física de Jesús y Madre espiritual de los hombres. Debemos amar a María y honrarla de todo corazón. Así daremos gusto al Señor que, como todo hijo bien nacido, se alegra de ver a su Madre Santísima honrada y amada.
El Sacerdote hace presente a Cristo y realiza misterios que nadie más puede realizar: celebra la Eucaristía y perdona los pecados. Por eso, su misión es indispensable para la vida de la Iglesia y la salvación de las almas. Pensar en esta grandeza nos lleva a comprender la urgente necesidad de promover y cuidar las vocaciones sacerdotales.
Santa Rosa comprendió que la gracia de Dios es un tesoro más valioso que cualquier riqueza. Aunque el sufrimiento sea difícil, puede llevarnos a una mayor unión con Dios. Su mensaje nos anima a no quejarnos de las dificultades, sino vivirlas con fe.
La vida de Santa Rosa demuestra que la oración debe transformar el corazón y acercarnos a Dios. Su ejemplo invita a amar especialmente a los pobres y anunciar a Cristo con nuestra propia vida.
San Agustín nos recuerda que nuestra perfección está en Cristo y que sólo unidos a Él encontramos nuestro verdadero camino. Ser santos es volver una y otra vez a Dios, incluso después de nuestras caídas, y descansar finalmente en su amor.
Santa Teresa de Jesús Jornet nos invita a poner a Dios en el centro de nuestra vida y a caminar con la mirada puesta en la eternidad. Así podremos vivir libres, sin ser esclavos de las cosas pasajeras del mundo.
En el camino para ser un católico no practicante, el punto central es el abandono de la Misa dominical. Nunca encontrarás un motivo positivo para dejar de ir a Misa, que sea virtuoso, es decir que provenga de algo valioso, que dé valor al acto de no ir, que demuestre que es mejor no ir que ir.
«Desde los primeros siglos de la Iglesia católica, el pueblo cristiano ha elevado suplicantes oraciones e himnos de alabanza y devoción a la Reina del Cielo, tanto en circunstancias gozosas como, mucho más, en momentos de grave aflicción y peligro»