Santa Teresa

«Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza y el mundo bajo los pies»

«Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza, el mundo bajo los pies».
Santa Teresa de Jesús Jornet

Hay frases que, con pocas palabras, son capaces de resumir todo un programa de vida. Ésta, atribuida a Santa Teresa de Jesús Jornet, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, es una de ellas. No es simplemente un pensamiento bonito. Es una invitación exigente, luminosa y profundamente actual para todos: para las Hermanitas, para quienes sirven a los demás y para todo cristiano que desea vivir con un corazón verdaderamente libre.

Dios en el corazón. La eternidad en la cabeza. El mundo bajo los pies.

Tres expresiones sencillas que nos enseñan dónde debe estar cada cosa en nuestra vida.

Dios en el corazón

Lo primero es Dios.

No una idea sobre Dios. No solamente una costumbre religiosa. No una presencia reservada para algunos momentos del día. Dios en el corazón significa vivir sabiendo que somos amados por Él y procurando corresponder a ese amor.

Un corazón lleno de Dios encuentra una fuerza distinta para afrontar la vida. No significa que desaparezcan los problemas, el cansancio o las dificultades. Pero sí significa que nada de eso tiene la última palabra.

Esto fue fundamental en la vida de Santa Teresa de Jesús Jornet y continúa siendo una de las raíces de la espiritualidad de las Hermanitas. Ellas están llamadas a descubrir a Cristo en los ancianos, especialmente en los más pobres, enfermos, abandonados y necesitados. Y para reconocer al Señor en ellos, primero es necesario llevarlo dentro.

Sólo quien tiene a Dios en el corazón puede servir sin cansarse de amar. Sólo quien se sabe amado por Dios puede amar cuando no recibe nada a cambio. Sólo quien vive unido al Señor puede descubrir un rostro de Cristo incluso donde otros quizá sólo ven enfermedad, dependencia o debilidad.

Y ésta no es una enseñanza únicamente para las Hermanitas. Todos necesitamos volver a poner a Dios en el centro.

Porque muchas veces tenemos el corazón lleno de preocupaciones, de recuerdos, de miedos o de cosas que no podemos controlar. Y, sin darnos cuenta, dejamos poco espacio para Dios.

Santa Teresa parece decirnos: vuelve al centro; deja que Dios habite en tu corazón. Cuando Dios ocupa su lugar, las demás cosas comienzan también a encontrar el suyo.

La eternidad en la cabeza

La segunda parte de la frase nos recuerda algo que el mundo moderno intenta hacernos olvidar: esta vida es un camino, no es la meta definitiva.

Tener «la eternidad en la cabeza» no significa vivir distraídos de la realidad ni despreciar el mundo. Significa vivir el presente con profundidad, sabiendo que cada día tiene un valor eterno.

El tiempo pasa. Los años pasan. Las oportunidades pasan. Nosotros mismos, como decía la Madre Teresa, «pasamos presto como el tiempo mismo».

Por eso no podemos vivir como si todo terminara aquí.

Pensar en la eternidad nos ayuda a distinguir lo importante de lo superficial. Muchas cosas que hoy nos inquietan perderán importancia con el paso de los años. En cambio, permanecerán para siempre el amor que hemos dado, el bien que hemos hecho, las lágrimas que hemos consolado y las vidas que hemos ayudado a levantar.

Las Hermanitas viven esta realidad de una manera muy concreta junto a los ancianos. Ellas acompañan a quienes han recorrido gran parte de su camino y se encuentran más cerca del encuentro definitivo con Dios. Su presencia es un anuncio silencioso, pero poderoso: la vida no pierde su valor cuando llegan los años; la persona nunca deja de ser digna de amor; y la muerte no tiene la última palabra.

También nosotros necesitamos recuperar esta mirada.

Pensar en la eternidad no nos hace alejarnos de la vida. Al contrario: nos enseña a vivirla mejor. Nos ayuda a no perder el tiempo en rencores inútiles, en vanidades pasajeras o en preocupaciones que nos roban la paz.

Quien tiene la eternidad en la cabeza aprende a preguntarse: ¿Qué vale realmente? ¿Qué estoy haciendo con el tiempo que Dios me concede? ¿Qué fruto está dejando mi vida?

El mundo bajo los pies

Quizá ésta sea la expresión más fuerte de toda la frase.

«El mundo bajo los pies».

No significa despreciar a las personas ni escapar de nuestras responsabilidades. Significa no convertirnos en esclavos de aquello que pasa.

Hay personas que parecen tenerlo todo, pero viven dominadas por la opinión de los demás. Otras son esclavas del éxito, del dinero, de la comodidad o de la necesidad de ser reconocidas. Y, sin embargo, la verdadera libertad consiste en que nada de este mundo ocupe el lugar que sólo corresponde a Dios.

Santa Teresa de Jesús Jornet vivió una espiritualidad marcada por la humildad, el servicio y el ocultamiento. Las Hermanitas realizan, muchas veces, un trabajo que el mundo no considera brillante: cuidar, limpiar, acompañar, escuchar, alimentar, esperar, consolar y permanecer junto al anciano.

Pero precisamente allí se esconde una grandeza inmensa.

El mundo puede buscar prestigio. El amor busca servir.

El mundo puede buscar ser visto. El amor sabe permanecer oculto.

El mundo puede preguntar: «¿Qué recibo yo?». El amor pregunta: «¿Qué puedo hacer por ti?».

Por eso, poner el mundo bajo los pies es no dejar que sus criterios gobiernen nuestro corazón. Es poder vivir con sencillez. Es hacer el bien aunque nadie aplauda. Es servir aunque no siempre haya agradecimiento. Es caminar con libertad porque sabemos que nuestra verdadera riqueza está en Dios.

Un programa para todos

Esta frase de Santa Teresa de Jesús Jornet no pertenece solamente a la historia de una Congregación. Es un camino que puede iluminar la vida de todos nosotros.

Una madre o un padre de familia pueden vivir con Dios en el corazón, ofreciendo cada día su trabajo y sus sacrificios.

Un joven puede tener la eternidad en la cabeza y no desperdiciar su vida persiguiendo solamente lo que pasa.

Una persona que trabaja puede poner el mundo bajo sus pies cuando no convierte el dinero, el éxito o la ambición en el centro de su existencia.

Un anciano puede vivir esta espiritualidad ofreciendo a Dios sus limitaciones, sus sufrimientos y la sabiduría de toda una vida.

Y una Hermanita puede renovar cada día la belleza de su vocación, recordando que en cada anciano al que sirve está sirviendo al mismo Cristo.

Al final, todos estamos llamados a poner las cosas en su verdadero lugar:

Dios en el corazón, para que Él sea nuestra fuerza y nuestro amor.

La eternidad en la cabeza, para no olvidar hacia dónde caminamos.

El mundo bajo los pies, para vivir con libertad y no ser esclavos de lo que pasa.

Éste es un programa sencillo, pero profundamente revolucionario. Si Dios está en el corazón, tendremos un amor que no se agota fácilmente. Si la eternidad está en nuestra mente, aprenderemos a aprovechar el tiempo y a vivir con esperanza. Y si el mundo está bajo nuestros pies, podremos caminar libres, sin dejarnos dominar por sus falsas promesas.

Que Santa Teresa de Jesús Jornet nos enseñe a vivir así: con las manos dispuestas para servir, con los pies firmes en la tierra, con la mirada puesta en la eternidad y, sobre todo, con Dios ocupando el primer lugar de nuestro corazón.

Porque una vida vivida de esta manera, aunque sea humilde y escondida, nunca será una vida pequeña.

«Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza, el mundo bajo los pies».

Tal vez, en estas pocas palabras, tengamos todo un camino para aprender a vivir… y también para aprender a llegar al Cielo.

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Redacción SMCR

Las publicaciones firmadas como «Redacción SMCR» son producidas por miembros del equipo de redacción bajo la supervisión del Responsable del Equipo Editorial de nuestro instituto, quien garantiza que cada contenido sea fiel a los principios rectores de la Sociedad Misionera de Cristo Rey. Como nos enseñó el Padre José María Alba S.J., «¿Para qué queremos la vida si no es para gastarla en el Divino servicio?». Si deseas ponerte en contacto con nosotros o tienes algún comentario sobre nuestro contenido, por favor escribe al correo contacto@misionerosdecristoreyperu.com.
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