La vocación es un llamado divino que se manifiesta con dones y deseos interiores, confirmado por la Iglesia. Dios invita suavemente, sin imponer, a una vida más perfecta.
Muchos escuchan la invitación de Dios, pero no todos responden; algunos dudan o rechazan. La vocación personal es una gracia especial que requiere confianza y generosidad para seguirla.
1. Qué se entiende por vocación.
En sentido vulgar se dice que uno tiene vocación para un oficio, un arte, o cualquier otro género de vida, cuando muestra aptitud y a la vez afición o inclinación al mismo.
Propiamente la palabra vocación viene del latín y quiere decir llamamiento.
Este llamamiento se ha de considerar en aquel que lo hace y en la persona llamada. La vocación a la vida religiosa es el llamamiento hecho por Dios, que se manifiesta al exterior por ciertas cualidades, en los que la solicitan o desean, y se confirma por la admisión o elección de estos mismos sujetos, hecha por los superiores, como representantes de Dios.
Sólo con oír esto, ¿no sientes ya deseos de ser de los llamados, de los elegidos; deseo de consagrarte a Dios para servirle en la vida religiosa? ¡Llamamiento de Dios! El Dios de los cielos, de majestad infinita, en su inmensa bondad se digna acordarse de nosotros, los pobrecitos mortales, y nos llama para servirle más de cerca, con mayor perfección. ¡Qué gran dignación!
Este llamamiento puede ser extraordinario, directo, imperativo; pero en la inmensa mayoría de los casos, más que llamamiento, es una invitación. Esta invitación de Dios a la vida religiosa se puede considerar en general y en particular.
2. Los derechos de Dios.
Dios es nuestro Creador, nuestro Dueño y Señor. Tiene derecho esencial e indiscutible a que le sirvamos. En recompensa nos dará después la eterna felicidad del cielo. Este servicio de Dios, a que estamos obligados, puede ser de distintas maneras, con más o menos sacrificio, con mayor o menor perfección, y por lo mismo, con diferente recompensa.
Dios quiere que seamos santos. Por eso escribía San Pablo en su 1.ª Carta a los Tesalonicenses, IV, 3: «Esta es la voluntad de Dios: su santificación». Y esto lo decía a los cristianos en general y tiene aplicación en nuestro caso. Porque la santidad depende de la mayor entrega que de nosotros mismos hacemos a Dios, y de los medios de que disponemos para lograrla.
Dios pudiera obligarnos a que le sirviéramos de la manera más perfecta; a que pusiéramos en práctica todos los medios conducentes a la santidad. Pero no lo hace. En vez de obligarnos, nos invita suavemente a esa mayor santidad y más perfecto servicio; nos invita a la vida religiosa.
3. La invitación general.
La hizo Jesucristo a todos los cristianos y la encontramos repetidas veces en las páginas del Evangelio.
Y, sin embargo, muchos, aun de los buenos, nunca oyeron tal invitación. Nadie les habló de la vida religiosa, ni pasó tal idea por su mente.
Otros sí que la oyeron; pero a las palabras de Cristo: ¿Quieres venir conmigo? tuvieron que contestar: No puedo; me falta salud, inteligencia, medios económicos, libertad.
Otros dijeron rotundamente: No quiero.
Algunos parecía que querían poner condiciones, y fueron rechazados por los superiores representantes de Cristo.
Y hasta hubo y hay algunos que, por no ser fieles a las primeras gracias, son despedidos, por no ofrecer garantías para la nueva vida.
Esta invitación general tú sí que la has escuchado; la conoces. ¿Cómo has correspondido a ella…? ¿En qué estima la tienes…? ¿Dudas…? ¿Es que no puedes o que no quieres…?
4. La vocación personal.
La vocación de alguna manera personal y a veces especialísima es la que propiamente se llama vocación. Consiste en una providencia singular, en virtud de la cual, a los que Dios ha elegido o predestinado para la vida religiosa, los rodea de tales dones de naturaleza y gracia, que al fin resultan aptos para tal género de vida. Y juntamente con esa aptitud les da la gracia que les hace desear y pedir la vida religiosa con rectitud de intención, no con miras terrenas. Y al fin mueve a los superiores de modo eficaz, para que admitan o elijan para la vida religiosa a los sujetos así preparados.
Como se ve, casi podríamos decir que Dios lo hace todo. Da los dones necesarios de naturaleza y gracia; da el querer y da por fin el ser elegidos.
¿Y qué? ¿No has sentido en ti esta singular providencia? Dios te hizo nacer de padres cristianos, que te llevaron por los caminos de la virtud. Acaso, cuando tú eras niño, te sacó de la casa de tus padres, para colocarte en un buen colegio, donde te fuera fácil conservar la inocencia, y donde en distintas conferencias y conversaciones oíste hablar sobre esto y sentiste interiormente la llamada de Dios.
O quizá has gustado de los placeres y vanidades del mundo y has visto, por experiencia, que dejan hastío en el corazón. Son vanos y engañosos. En contraste, sientes la necesidad de buscar a Dios en la vida religiosa, para poner en Él tu descanso.
Y a esta singular providencia de Dios, a esta invitación personal de tan alto y soberano Señor, tú ¿qué respondes…? ¿Te asusta la vida de sacrificio…? ¿Te faltan fuerzas…?
Confía en Dios y pídele que te ayude con su santa gracia.[1]
[1] Fuente: Cf. R. J. de Muñana; Cuando Dios llama, pags. 5-8