Es fácil que los turistas que visitan Lima se den una vueltita por el maravilloso Templo de San Francisco el Grande donde está enterrado el famoso cantante de ópera de origen mejicano, José Mojica. Junto al Templo, en una Capilla, se venera una piadosa imagen de la Inmaculada Concepción. La escultura, que irradia notable majestad y serenidad, se cree que fue de las primeras que llegaron a Perú, traída de España por los franciscanos que acompañaron a los conquistadores en 1532. Siendo la imagen pequeña y articulada, la llevaban los frailes en una maleta o en una pequeña caja transportable, y así les solía acompañar en sus correrías apostólicas por el vasto imperio de los incas, para irradiar la fe verdadera entre sus pobladores. Ellos la llamaban con cariño la Virgen Misionera. Años después sus peregrinaciones cesaron, y asentados en Lima, la expusieron a la veneración pública sobre el arco de la portada del primitivo templo franciscano.

Se postraron a sus pies, con profunda devoción, san Francisco Solano y el venerable Fray Juan Gómez a quien la Divina Señora le aseguró que la ciudad entera le profesaría un día especial veneración.
Los tiempos pasaron y olvidaron la promesa del venerable hermano. Casi un siglo después, el 27 de noviembre de 1630, la Plaza Mayor de Lima, engalanada por uno de aquellos acostumbrados encierros taurinos, quedó profundamente sobresaltada ante un temblor de tierra. Era hacia el mediodía. Y todos salieron huyendo, muchos de los que se divertían salieron a refugiarse al templo de San Francisco que queda cerca de aquella Plaza. Pero el sobresalto fue mayor entonces cuando encontraron a algunos religiosos y fieles congregados en el atrio franciscano, mirando atónitos hacia el arco de la portada, notando con asombro que la pequeña imagen de la Purísima Concepción se vuelve por sí misma hacia el altar mayor, e inclinada y con las manos juntas, suplica a su Divino Hijo presente en el Sagrario perdón y clemencia. Todos comprenden que, gracias al patrocinio de María Santísima, la ciudad se había salvado de su ruina.

Las bocas iban proc1amando por doquier el prodigio y muchos se acercaban hasta el Templo a ver la postura de la imagen, inusitada hasta entonces. Imposible que alguien la hubiera forzado. Jamás habían visto así a la Divina Señora. Aquel mismo día, después de vísperas, los frailes menores se postraron de rodillas ante la venerada imagen y entonaron la antífona Tota Pulchra est Maria. No estaban solos, que miles de curiosos y devotos habían venido a ensalzar a la Señora, a darle gracias, a fortalecer su fe, a pedir perdón por sus pecados… Pero entonces, todos lo vieron, la Virgen Inmaculada volvió a recobrar por sí misma su primitiva posición, quedando con el rostro apacible y sonriente, y mirando a todos los que, reverentes y agradecidos, invocaban su santo nombre. Se levantó Informe canónico del hecho y con la anuencia del Virrey, de la Real Audiencia y del Cabildo se determinó celebrar anualmente su fiesta, bajo la invocación de la Virgen del Milagro, el día 27 de noviembre. Fecha que debe ser del agrado de la Santísima Virgen porque exactamente -en día, mes y año-, dos siglos después Nuestra Señora bajará a la Rue du Bac, en París, a una novicia llamada Catalina Labouré, presentada como “María sin pecado concebida” e invocada por todos como la Virgen de la Medalla Milagrosa.