El mensaje de la Divina Misericordia y la devoción, no es sólo acerca de nuestra devoción a Dios, se trata, ante todo, de Su amor por nosotros. La naturaleza misma de Dios es amor, un amor perfecto y eterno que se vive en la comunión de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Como enseña el Catecismo: “Dios es amor” (cf. CIC 218), y ese amor se ha manifestado plenamente en Jesucristo, rostro visible de la misericordia del Padre.
Este amor misericordioso no es una idea abstracta, sino una realidad viva que nos alcanza en nuestra miseria. La Sagrada Escritura lo proclama con fuerza: “Eterna es su misericordia” (Sal 136), y también: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, nos dio vida con Cristo” (Ef 2,4-5).
El mensaje de la Divina Misericordia es tan sencillo como profundo, tan claro como transformador, y puede resumirse en tres puntos, como un camino de vida cristiana:
A — Pedir la misericordia de Dios
Reconocer nuestra pobreza y acudir con confianza al Señor. No hay pecado que Él no pueda perdonar. Jesús mismo nos dice: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados” (Mt 11,28). El Catecismo recuerda que la misericordia es el corazón del Evangelio, pues Dios nunca se cansa de perdonar (cf. CIC 1846).
B — Ser misericordioso con los demás
Quien ha recibido misericordia está llamado a darla. No podemos quedarnos con ese don. Jesús es claro: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lc 6,36). La caridad concreta, el perdón, la paciencia y las obras de misericordia hacen visible el amor de Dios en el mundo.
C — Confiar completamente en Jesús
La confianza es la respuesta esencial al amor misericordioso. No basta creer, hay que abandonarse. Como dice la Escritura: “Jesús, en ti confío” (expresión nacida de esta devoción, en sintonía con Heb 10,23: “Mantengamos firme la confesión de la esperanza”). La desconfianza hiere el corazón de Dios, mientras que la confianza lo atrae.
La misericordia de Dios ha estado presente desde el comienzo de la historia de la salvación, pero con el tiempo la humanidad la ha olvidado. Por eso, en un momento crítico de la historia, Jesús quiso recordarla de un modo especial a través de Santa María Faustina Kowalska (1905-1938), confiándole un mensaje urgente para el mundo. En su Diario leemos: “La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia” (Diario, 300).
Así, el Señor nos ha dado cinco canales concretos de gracia que forman la devoción a la Divina Misericordia: la Fiesta de la Divina Misericordia, la Imagen, la Novena, la Coronilla y la Hora de la Misericordia (3 p.m.). A través de estos medios, Cristo quiere acercarse a las almas y derramar Su amor.
En definitiva, esta devoción no añade algo nuevo al Evangelio, sino que lo vuelve a poner en el centro: Dios ama, Dios perdona, Dios salva. Y nosotros estamos llamados a vivirlo.
No olvidemos, entonces, el camino sencillo del A-B-C: pedir misericordia, ser misericordiosos y confiar en Jesús. Porque, en el fondo, este mensaje no es otro que el mismo mensaje de la Sagrada Escritura: el amor misericordioso de Dios que nunca abandona al hombre.