La piedad cristiana, con fino instinto sobrenatural, ha consagrado a María el mes de mayo, el más risueño y florido entre todos los del año.

Escribe Roschini: El mes de mayo podría definirse como una fiesta solemne de María: una fiesta solemne que, en vez de durar un día, se dilata por treinta y un días con un crescendo continuo hasta culminar en la oferta de los corazones a María. Es uno de los más majestuosos momentos erigidos por la piedad cristiana a María. Sabiamente, entre todos los meses del año, ha sido elegido el de mayo como el más a propósito para ser consagrado a María. No son pocas, en efecto, las analogías que justifica esta elección.
Como mayo es el más bello y el más delicioso entre todos los meses del año, así la Virgen Santísima es la más bella y la más deliciosa entre todas las criaturas.
- Ella es toda bella: Tota Pulchra.
- Ella es toda emanación de delicias: deliciis affluens.
Como en mayo la naturaleza despierta del sueño invernal y se cubre de verde y de flores, así en mayo la piedad filial del pueblo cristiano hacia nuestra Madre celestial despierta, se adorna de flores bellas y perfumadas que no se marchitan:
- Flores aparecieron en nuestra tierra (Cant. 2,12);
- flores materiales y flores espirituales;
- flores de los colores más hermosos, de los aromas más delicados y suaves,
- flores de la naturaleza y flores de la gracia…

El primero en asociar al mes de mayo la idea de María fue -según parece- Alfonso X, el Sabio, rey de España (1239-1284), en pleno siglo XIII, tan exuberante de piedad mariana.
Entre sus poesías tituladas Cantigas de Santa María hay una que empieza: ¡Bien venido mayo!… En ella el Rey Sabio exalta el retorno de mayo, porque con su serenidad y alegría nos invita a rogar a María con nuestros cánticos ante su altar para que nos libre del mal y nos colme de bienes.
Parece, pues, que ya a fines del siglo XIII debía existir la costumbre de reunirse en el mes de mayo ante el altar de María para alabarla e invocarla.
Poco después, en el siglo XIV, lo encontramos en el Beato Enrique Susón, O.P. (1365), el cual, entre las varias manifestaciones de su tierno amor a María, acostumbraba también a consagrarle la primavera, la estación de las flores.
Cada vez esta hermosa práctica del mes de mayo en honor de María fue extendiéndose más y más por el mundo entero, y hoy puede decirse que no hay iglesia de ciudad o de campo ni humilde capilla de colegio o de religiosas donde no se practique el ejercicio del mes de mayo en honor a María, rosa entre rosas, flor de las flores, virgen de vírgenes y amor de amores…
Aconteció en Roma, una hermosa noche de Mayo a fines del siglo XVIII.
Un niño pobre reunió a sus compañeros y los guio a una estatua de María, a cuyos pies ardía una lámpara según costumbre de esa santa ciudad. Ahí, esas voces frescas cantaron la Letanía de Nuestra Señora. El pequeño grupo se volvió a reunir al día siguiente. Esta vez los acompañaban más niños. La siguiente vez las mamás se unieron a la pequeña asamblea. Pronto nuevos grupos se formaron y la devoción se popularizó rápidamente.
Las almas piadosas, preocupadas por el desorden en la conducta que el regreso de la primavera propicia y acrecienta, vieron en esta devoción la mano de Dios.

Su cooperación con tal designio providencial fue promover la devoción como un acto solemne y público de reparación. Así fue fundado el Mes de María.
- «Dios quiere que no tengamos nada que no pase por manos de María» (San Bernardo)
- “Es el mes en que, en los templos y en las casas particulares, sube a María desde el corazón de los cristianos el más ferviente y afectuoso homenaje de su oración y veneración. Es también el mes en el que desde su trono descienden hasta nosotros los dones más generosos y abundantes de la Divina Misericordia”. (Mense Maio, Pablo VI, 1965)
- «El mes de mayo nos estimula a pensar y a hablar de modo particular de Ella. En efecto, este es su mes. Así pues, el período del año litúrgico, [Resurrección], y el corriente mes llaman e invitan nuestros corazones a abrirse de manera singular a María.» (San Juan Pablo II, Mayo 1979)
Los cristianos, que queremos estar siempre cerca de María, le podemos ofrecer algo especial durante el mes de mayo: romerías, visitas a alguna iglesia dedicada a la Virgen, pequeños sacrificios en su honor, ofrecimiento del estudio o del trabajo bien acabado o el rezo más atento del Santo Rosario, la erección de un altar en nuestro hogar donde se reúna toda la familia y pueda así ensalzar a nuestra Madre con oraciones.