El Corazón de Jesús es ante todas las cosas el Corazón del Hijo Unigénito del Padre Celestial, el Corazón del Hijo de Dios. Por serlo así, este Corazón humano, como el nuestro, tiene un valor y una dignidad moral, que el nuestro no puede tener. La dignidad de la persona que lo posee. Y esa dignidad es infinita por ser de una persona divina. Todas las grandezas de Dios refluyen así sobre el Corazón Sacratísimo de Jesús, que es el Corazón de Dios.
Mas le invocamos especialmente como Corazón del Hijo de Dios. No es una persona divina cualquiera, sino precisamente la persona del Hijo, la que se ha unido con la naturaleza humana en Cristo, haciéndola verdaderamente suya, constituyéndola naturaleza del Hijo de Dios.
Ni es sólo eso. Es que los sentimientos más íntimos de este Corazón son los sentimientos de un Hijo, del Hijo en quien su Padre Celestial tiene todas sus complacencias. Así es el Corazón de Jesús un Corazón esencialmente filial.
La profundidad y la ternura de esos sentimientos filiales del Corazón de Jesús no los podemos llegar nunca a sondear en la tierra. Hijo infinitamente bueno de un Padre bueno infinitamente también, vive su filiación divina en total dedicación a su Padre Celestial.
Por eso no tiene otro deseo que el de hacer siempre lo que le agrada a Él. Por eso la voluntad paternal es para Él norma única de su vida, es su verdadero manjar que le sustenta y le da vigor sobre la tierra. Por eso es absurdo pensar que se aparte ni un ápice de la voluntad de su Padre, aunque para no apartarse de ella tenga que beber esforzadamente el cáliz amarguísimo de la Pasión.
En los días oscuros de Nazaret, como antes en las horas azarosas de Belén y en los tiempos angustiosos de Egipto; en los años de la predicación y de los milagros, como en los tormentos acérbísimos de la Pasión y del Calvario; en la gloria del Tabor y de los prodigios maravillosos y de las turbas que le aclaman, como en la persecución de los Fariseos y en las calumnias y en los gritos del pueblo que le piden para la muerte: siempre y en todo no hay más que un sentimiento preponderante sobre todos los otros sentimientos y afectos de este Corazón filial: adaptarse en todo a la voluntad dulcísima de su Padre.
Resulta de ese modo el Corazón de Jesús el mejor modelo de nuestro propio corazón. También nosotros somos hijos, como Él es Hijo.
También nuestro corazón tiene que ser un corazón filial, como es divinamente filial su corazón. El suyo es Corazón del Hijo natural de Dios; el nuestro es corazón de los hijos adoptivos del mismo Dios. Cambia el sentido de nuestra filiación divina. Pero somos de verdad hijos de Dios, como Él es también su Hijo. El de una manera más alta, nosotros de un modo menos perfecto. Mas al fin y al cabo, El y nosotros, hijos de Dios.
¿Tiene nuestro corazón sentimientos de verdad filiales para con Nuestro Padre Celestial? ¿Vibra nuestro corazón con los intereses y con la gloria de nuestro Padre, como vibraba el Corazón de Jesús, todo celo encendido de la gloria de Dios? ¿Han quedado ahogadas en nuestro corazón todas las rebeldías contra la voluntad paternal del Señor, para reproducir de ese modo la serena e imperturbable devoción del Corazón de Jesús a la voluntad divina de su Padre?
La gloria del Padre Celestial la llevó en triunfo a Jesús al pasar por la tierra durante su vida mortal. Porque el deseo ardiente de esa gloria divina ardió siempre como una antorcha en la hoguera inextinguible de su adorable Corazón. ¿Cuál es ante ese modelo la llama que arde en nuestro corazón?
Somos hijos de Dios, vaciados en el molde del Hijo Unigénito del Padre. En ese divino molde tiene que formarse nuestro corazón filial. El Corazón de Jesús, Corazón del Hijo Unigénito, tiene que reproducir en nuestro pobre corazón los sentimientos más propios del Hijo de Dios; tiene que enseñarnos a vivir, no con palabras que pasan sino con los afectos filiales mejores, esta divina filiación, que es tesoro de nuestra vida, prenda segura de nuestra esperanza y poderoso incentivo de nuestro amor. Como el Corazón de Jesús, colgado de Dios nuestro Padre, vivirá felizmente nuestro propio corazón. Descansando en la providencia del Padre que está en los cielos. Saboreando las dulzuras infinitas de su paternal amor.