Letanía

Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de María

Entre las cosas materiales y sensibles hechas por Dios en la tierra, ninguna más grande que el Corazón de Jesús. Era el Corazón que había de latir constantemente del amor más puro, más santo, más ferviente. Era el Corazón donde habían de encerrarse los afectos más sublimes que en un corazón humano han podido encontrarse jamás. Era el Corazón que había de difundir por el Cuerpo de Cristo la sangre bendita, precio sagrado de nuestra redención. Era el Corazón humano más próximo a Dios, tan próximo, que era verdaderamente Corazón de Dios.

Se comprende que los orígenes de este Corazón, tan excelso y tan santo, hayan sido señalados por Dios singularmente. Que sus orígenes sean también purísimos y santísimos.

En la tierra ha hecho Dios el prodigio de una Madre Virgen para formar de Ella este Corazón con lo más puro que aquí abajo se puede dar. De ese modo la pureza singular de María contribuye a formar este purísimo Corazón. Será de verdad un Corazón humano, tomado de una Madre humana también. Será el Corazón del Hijo de María con la misma propiedad que es el Corazón del Hijo de Dios. Con la misma propiedad, y con la misma verdad. Mas esa Madre será siempre Virgen, tendrá sellada con voto su inmaculada virginidad. Así la tierra contribuirá a formar este relicario del amor, que va a ser el Corazón de Jesús. Mas contribuirá con lo más puro que en la tierra pueda encontrarse. Aunque para ello haya de hacer Dios el prodigio inefable de una Madre Virgen. ¿No es así como debe formarse el Corazón más puro y más santo que ha habido, ni habrá jamás?

Junto a la Madre Virgen ha tenido que intervenir Dios mismo en la formación del Corazón de Jesús. Y ha tenido que intervenir, no como lo hace al formarse cualquier corazón humano, sino de un modo singular y excepcional. Todo es aquí singular y único, del mismo modo que es único y singular este Corazón.

Es Dios sin duda quien forma este Corazón en el seno purísimo de la Madre Virgen. Son las tres divinas Personas. Mas la Sagrada Escritura y la Iglesia atribuyen esta obra divina especialmente al Espíritu Santo. ¿A quién mejor atribuirle esta fuente de amor, este sagrario de santidad, que a Aquel que es el mismo Espíritu de Amor, el Espíritu que da vida pujante a las almas? Y si toda la santidad se atribuye a este Espíritu divino, llamado especialísimamente Santo, ¿quién mejor para contribuir a formar este Corazón, manantial de toda santidad para los hombres?

Lo más santo y lo más puro en el cielo y en la tierra se ha juntado para dar origen al Corazón de Jesús. Lo más santo en el cielo, que es Dios; lo más puro en la tierra, que es María. De la acción del Espíritu Santo en el seno purísimo de la Virgen Madre ha brotado el Corazón de Jesús.

Al formarlo así, ¿quién podrá decir, ni sondear de lejos, el infinito amor de Dios y la ternura inefable de María? Dios conoce desde la eternidad lo que va a ser ese Corazón humano que está formando. Él sabe que va a latir solamente para su gloria. Él sabe que va a encerrar los deseos más fervientes de cumplir en todo su divina voluntad. Él sabe que va a ser una hoguera inmensa de amor de Dios y de amor a los hombres. Él conoce que va a encerrar los afectos más heroicos y más santos que en la tierra habrá jamás.

Un Corazón donde no habrá nunca nada menos santo, menos puro, menos perfecto. Un Corazón, modelo de santidad para todos los corazones humanos. Un Corazón, que se va a llevar todas sus divinas complacencias. ¿Quién podrá decir con qué amor lo formó Dios?

Nuestros corazones humanos se desvían del plan que el Señor tenía desde el principio sobre ellos. Son pobres y miserables y se manchan mil veces con afectos desordenados y malos. Mas este Corazón no va a ser así. Fruto del amor singularísimo de Dios, es obra perfecta suya, sin mancha, sin desorden, sin imperfección. Es el único corazón humano que llena con perfección infinita los planes de Dios. En su adoración, en su dedicación total, en su dependencia absoluta, en su amor filial.

Con el alma dilatada ante los orígenes únicos del Corazón de Jesús, no olvidemos que ese Corazón, cuyos orígenes son tan excepcionalmente puros y tan extraordinariamente santos, nos pertenece a nosotros también. Porque no es un Corazón extraño a nosotros. Es un Corazón como el nuestro. Y sobre todo, es el Corazón de nuestro Redentor.

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Redacción SMCR

Las publicaciones firmadas como «Redacción SMCR» son producidas por miembros del equipo de redacción bajo la supervisión del Responsable del Equipo Editorial de nuestro instituto, quien garantiza que cada contenido sea fiel a los principios rectores de la Sociedad Misionera de Cristo Rey. Como nos enseñó el Padre José María Alba S.J., «¿Para qué queremos la vida si no es para gastarla en el Divino servicio?». Si deseas ponerte en contacto con nosotros o tienes algún comentario sobre nuestro contenido, por favor escribe al correo contacto@misionerosdecristoreyperu.com.
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