Para alcanzar el fin al que somos llamados y que constituye la vocación general, es decir, la Santidad, se nos presentan delante dos caminos distintos: el camino común o estado seglar, y el camino de privilegio o vocación religiosa y vocación sacerdotal.
La vida religiosa es una excepción de la ley común. Tiene como base esencial un voto por el cual el hombre se compromete no solo a observar los preceptos, sino además los consejos evangélicos, especialmente por la práctica de las tres virtudes de pureza o castidad, pobreza y obediencia.

La vocación sacerdotal es un acto por el cual Dios llama a aquellos que ha elegido desde toda la eternidad, para recibir el sacramento del Orden Sagrado, es decir, para abnegarse e inmolarse por la salvación de las almas.
La vocación sacerdotal es un acto por el cual Dios llama a aquellos que ha elegido. Dios es quien escoge a sus sacerdotes. En el Antiguo Testamento vemos que Dios cuida de escoger Él mismo y designar nominalmente a aquellos hombres que habían de cumplir a favor de su pueblo una misión extraordinaria bajo el punto de vista temporal.
¿Cómo podríamos suponer que se desinteresara de escoger a los sacerdotes, destinados a cumplir una misión mucho más importante, y que lo dejara al arbitrio de los hombres? «Vengan conmigo —dijo Jesús a sus Apóstoles— y los haré pescadores de hombres». A partir de esta invitación, abandonan sus redes, su familia y se dedican a seguir a Jesucristo. Y no queriendo Jesús que les quedara la menor duda sobre su santa vocación, les dice: «No son ustedes los que me han elegido a Mí, sino Yo quien los ha elegido a ustedes; así como mi Padre me ha enviado, Yo los envío a ustedes».

Dios llama a sus sacerdotes por doquier. Va en busca de San Basilio y de San Gregorio en las escuelas de Atenas; a San Jerónimo en medio de los placeres de Roma; a San Agustín en medio de las lágrimas de la penitencia; a San Francisco Javier en la corte de los príncipes; y a San Vicente de Paúl entre los rebaños. No dice a los ricos: «Solo quiero pobres»; ni a los pobres: «Solo quiero ricos»; ni a los letrados: «Están llenos de orgullo»; ni a los ignorantes: «Porque no están instruidos, los excluyo para siempre». Tampoco le dice al pecador: «Apártate, que tus manos son indignas». No, Dios recorre todas las esferas de la humanidad, y abatiendo a los poderosos, ensalzando a los humildes, iluminando a los ignorantes, transfigurando a los pecadores, los convierte en sacerdotes suyos.

Dios va en busca de sus sacerdotes por todas partes, y aunque sus dones sean enteramente gratuitos, se inclinan preferentemente del lado donde algún mérito secreto los atrae. Quiero decir que, de ordinario, Dios va en busca de sus sacerdotes en las familias que le son fieles. Hace germinar las vocaciones en los hogares venerables que tal vez en otros tiempos albergaron a algún sacerdote, librándolo de la persecución de los malvados; o bien en casas donde la fe está a la par con las buenas costumbres. Es rarísimo que el sacerdote no encuentre entre sus recuerdos a una madre cristiana y cariñosa que, desde la cuna, ha sido para su tierna alma la mensajera de Dios y el medio providencial de la vocación al sacerdocio. La vocación de los bisnietos es muchas veces el premio a la virtud de los bisabuelos. El sacerdote es un hombre elegido por Dios.
Nunca nos cansemos de rezar mucho por la Vocaciones a la Vida Sacerdotal y Religiosa.
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