Todo el bien de nuestras almas está en que se unan a Dios. Mas la unión de nuestras almas con Dios es siempre una unión moral. Aunque se trate del alma de los Santos. Aunque se trate del alma de Nuestra Señora, la Madre de Dios. Por la gracia Dios habita en el alma y la acerca a Sí y la une Consigo.
La unión del Corazón de Jesús con el Verbo de Dios no es así. No es una unión moral. Es mucho más estrecha. Es la unión que resulta del juntarse la naturaleza humana de Cristo con la persona del Verbo. El Corazón de Jesús, no de un modo metafórico sino en toda verdad y físicamente, es el Corazón de Dios.

No deja de ser un Corazón humano como el nuestro. La unión con el Verbo no cambia su esencia ni le hace ser otra cosa distinta. Pero sin dejar de ser un Corazón humano pertenece al Verbo como algo suyo. Por eso el Verbo de Dios puede decir con entera verdad: Este es mi Corazón. Con la misma verdad con que cada uno de nosotros lo puede decir de su propio corazón.
Ese es el gran prodigio: un Corazón humano que es verdaderísimamente el Corazón de Dios. El prodigio se hace gracias a esa unión estrecha, que nada ni nadie podrá destruir.
Y como es el Corazón de Dios merece nuestra adoración, ni más ni menos que el mismo Dios. La adoración es el culto supremo que solamente se puede dar a Dios. Sería un pecado de idolatría dárselo a quien no es Dios, por más grande y más santo que sea. Ni a la Santísima Virgen se le puede dar ese culto que se debe únicamente a Dios. El Corazón de Jesús merece nuestra adoración. Como la sangre de Jesús; como cualquier parte de su cuerpo sacratísimo. Porque el Corazón de Jesús no puede mirarse como separado de aquella divina Persona de quien es y a quien le pertenece. Y a una persona divina se le debe siempre el culto supremo de la adoración. Al Corazón de Jesús, por ser Corazón de Dios, se le adora constantemente en el cielo, en la tierra y en los abismos. En el cielo por necesidad de adoración; en la tierra por el peso de nuestra libertad que reconoce los derechos de Dios; en los abismos a la fuerza y sin mérito alguno.
El Corazón de Jesús, por ser el Corazón del Verbo de Dios, está del todo regido y gobernado por el mismo Dios. Él es el responsable de todos los afectos, de todos los deseos, de todos los sentimientos de su Sagrado Corazón. Desde el más insignificante latido hasta el más elevado afecto, no hay en Él nada que no esté hecho por Dios.
En el Corazón se reflejan todos los sentimientos y afectos del alma de Jesús. Sentimientos sin duda humanos; afectos como los nuestros, fuera de lo que en nosotros hay de imperfecto y de malo. Mas esos afectos y esos sentimientos son verdaderamente de Dios.
Cuando latía de emoción este Sagrado Corazón ante el joven que había cumplido los mandamientos, o ante la vista de Natanael, verdadero israelita sin dolo ni malicia, o ante la pecadora arrepentida que quebraba el alabastro de sus perfumes para ungirle, esa emoción era emoción humana, pero emoción de Dios.

Cuando latía de compasión por los pecadores que andaban como ovejas descarriadas y sin pastor, o por la necesidad de las turbas que le seguían sin comer durante varios días, o por la pobre viuda que había perdido su hijo, o por las hermanas de Lázaro que le habían visto morir, esa compasión humana era de verdad compasión de Dios.
Cuando latía más aceleradamente por el celo de la gloria de Dios que encendía su alma y la consumía al ver el Templo profanado, al oír a los Fariseos imponiendo al pueblo cargas insoportables, al contemplarlos mezclando la soberbia en la oración y en el ayuno, buscando sólo el aparecer y ser estimados por los hombres, esa santa indignación, ese celo inflamado, eran humanos, pero eran de Dios.
Cuando latía ardientemente de amor a su Padre Celestial por el que se ofrecía a la muerte acerbísima de la Cruz, o de amor a los hombres para los que inventaba el prodigio inefable de la Sagrada Eucaristía, ese amor de divinas perspectivas y de horizontes heroicos era un amor humano, mas al mismo tiempo era un amor de Dios.
De este modo tan maravilloso toda la vida humana de este Corazón, que es como el nuestro, es vida del mismo Dios. Porque el Corazón de Jesús es desde el primer momento de su ser un Corazón unido sustancialmente al Verbo de Dios.