En las montañas cántabras, en el pueblo de Vargas nació José María Alba Cereceda, “el padre Alba”. Era el 17 de octubre de 1924. Cursó sus primeros estudios en los Hermanos Maristas y recibió la primera comunión de manos de un tío suyo, sacerdote. En octubre de 1948 pudo entrar en el noviciado que la Compañía de Jesús tenía en Veruela (Zaragoza). Una vez ordenado sacerdote en julio de 1958, todas las necesidades de la Iglesia encontraron eco en su noble corazón, por eso su ministerio fue tan fructífero que abarcó todos los campos del apostolado, siendo especialmente fecundo en la formación de la juventud.

Su inagotable espíritu apostólico cristalizó en la fundación de distintos movimientos y asociaciones: Unión Seglar de San Antonio María Claret, Fundación Padre Piulachs (Colegio Corazón Inmaculado de María), Sociedad Misionera de Cristo Rey, Asociación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga, Asociación María Reina y Madre, Unión Seglar beato Ramón Llull, y otras… Fue también cofundador de la Hermandad Sacerdotal Española y de la Asociación de Sacerdotes y Religiosos de San Antonio María Claret. Ejerció como director de la revista Ave María y como consiliario de numerosos turnos de Adoración Nocturna fundados por él en el Templo Nacional Expiatorio del Tibidabo y en la capilla de ANFE en Barcelona.
El Padre Alba recibió de Dios una naturaleza muy bien dotada y perfectamente equilibrada. Los dones naturales resplandecían en él con tanta evidencia que su humildad y sencillez apenas podían ocultar. Además de una notable inteligencia, poseía una memoria extraordinaria que le permitía recordar personas, datos, citas, lugares… y, cómo no, chistes, chascarrillos y anécdotas que hacían muy agradable la convivencia. A estos dones naturales se sumaba, gracias a muchas horas de tenaz estudio, un vasto conocimiento de filosofía y teología, de historia y de política, que enriquecido por un amplio anecdotario, le permitían dominar perfectamente el arte de la oratoria. Este saber lo utilizaba para llevar a las mentes los principios rectores de la vida y para mover los corazones a la búsqueda de la verdad, del bien y de la virtud.

En una naturaleza tan bien dotada y tan dispuesta, la gracia obró con gran fecundidad. Experto conocedor de la naturaleza humana y de cada persona en particular, sabía adivinar la necesidad de cada uno y consolarlo con el bálsamo de su presencia, de su consejo, de su ayuda. Pobre para sí, generoso con los demás, pródigo en el culto divino, supo hacerse todo a todos. De carácter apasionado y a la vez suave, movía por igual al respeto y a la confianza; arrostraba las dificultades y arrastraba a cuantos la Providencia ponía en su camino. Vehemente, incansable, su mayor deseo era la extensión del Reino de Dios por todo el mundo. A todos inculcó un amor tierno a la Santísima Virgen como camino seguro para llevar a los hombres a Cristo. En fin, ninguna necesidad de la Iglesia, de la Patria, o de cualquier persona que le saliera a su paso dejó de tener resonancia en su corazón noble y generoso.
De su inagotable apostolado, tal vez el más intenso y prolongado lo llevó a cabo el P. Alba con la Asociación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga, rama juvenil de la Unión Seglar. Lo canalizó, fundamentalmente, a través de las reuniones semanales, de los retiros mensuales de un día completo y de los Ejercicios Espirituales. Fruto de estos encuentros son una multitud de meditaciones y de pláticas grabadas en casetes. Una parte de esas intervenciones se recogen en un volumen de 5 tomos.
Se trata de conferencias de los más variados temas, siempre actuales, siempre interesantes y enriquecedores, que trascienden el mero orden de las ideas y vienen a parar de un modo inteligente en una aplicación práctica. Son profundas en su contenido y a la vez de fácil entendimiento y asimilación, gracias a la multitud de anécdotas y ejemplos con la que están salpicadas. El Padre, sobre un breve esquema mental, desarrolla de una manera espontánea las más diversas ideas de forma sumamente atractiva y fácil de asimilar.
Son unas conferencias, a la vez profundas y prácticas, serias, pero chispeantes de anécdotas graciosas, que serán de gran provecho espiritual y humano para todos.
Después de una vida de dedicación generosa a la causa de Nuestro Señor, el 11 de enero de 2002 entregó su alma a Dios, dejando tras de sí una estela de santidad y un recuerdo entrañable y permanente entre todos los que le conocieron [1].
[1] Cf. José Antonio Roca López, Prólogo a las meditaciones y de pláticas del P. Alba, S.I.