El Sagrado Corazón de Jesús prometió:
Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos los que comulguen los nueve Primeros Viernes de mes seguidos la gracia de la Penitencia Final; no morirán en mi desgracia ni sin recibir los Santos Sacramentos, haciéndose mi divino Corazón su asilo seguro en aquella última hora.
- LA GRAN PROMESA
Grande se llama esta promesa y con razón. En ella promete Jesucristo lo más grande que puede ofrecer: la Salvación Eterna.
Dijo Jesús: «¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?» (Lc 9, 25). Nada le aprovechará haber poseído todas las riquezas, haber disfrutado todos los placeres, haber escalado la cumbre de todas las dignidades, si al fin se condena.
Promesa grande, pues ofrece Jesucristo lo único verdaderamente necesario, según Él: sólo una cosa es necesaria ¿QUÉ COSA ES ESA ÚNICA NECESARIA? La Salvación Eterna.
Promete Jesús la Penitencia Final. El Arrepentimiento y el Perdón en el momento de la muerte.
No dice que el que haya comulgado nueve Primeros Viernes de mes, aunque muera en pecado mortal, irá al cielo. Es dogma de fe que el que muera en pecado mortal se condena.
Promete que no morirá impenitente; que si está en pecado mortal, recibirá gracias especiales que le muevan al Arrepentimiento y salga del pecado o Confesándose o haciendo un Acto de Perfecta Contrición.
Dice la promesa que no morirá sin Sacramentos.
Esta parte de ella es condicionada: no morirá sin Sacramentos, si necesita recibirlos.
No exime Jesucristo de las muertes repentinas.
Si necesitas recibir los Sacramentos, Jesucristo dispondrá las cosas de modo que los recibas.
Si estás en gracia de Dios, aunque no recibas los Sacramentos, te salvas y se cumple la promesa.
Los pecados se perdonan también con un Acto de Perfecta Contrición y Propósito de Confesarse. Y pudiera suceder que una persona esté en pecado y la muerte no le deje tiempo para confesarse.
El corazón de Jesús puede inspirarle un Acto de Perfecta Contrición con Propósito de Confesarse y se salvaría.
Un Acto de Perfecta Contrición puede hacerse en un segundo; y lo puede hacer el alma, aunque la persona no dé señales externas de vida. Por eso hay que confiar en la salvación de las personas que han practicado los Primeros Viernes; aunque la muerte les haya asaltado repentinamente.
A los que han Comulgado los Primeros Viernes, les repite la promesa que hace a los devotos de su Corazón: en la hora de la muerte será su asilo seguro.
Hay motivos de temor para aquellos momentos: las tentaciones que puede desencadenar el demonio… los remordimientos por los pecados cometidos durante la vida.
El Sagrado Corazón de Jesús ofrece un asilo seguro… fuerzas para la lucha y tranquilidad de conciencia.
Promesa verdaderamente grande la que tales cosas ofrece.
- GARANTÍAS DE LA PROMESA
Son tan grandes los bienes que ofrece el Sagrado Corazón de Jesús en esta promesa, que desearíamos tener garantías muy sólidas de ella. Y las tenemos.
Es una revelación hecha a una persona santa, cuyas Virtudes Heroicas han sido reconocidas por la Iglesia, a una persona elevada al honor de los altares.
Los escritos de la santa han sido cuidadosamente examinados por la Iglesia, principalmente los que contienen las promesas que le hizo el Sagrado Corazón de Jesús.
Refiriéndose a todas ellas, la Iglesia en la oración de la santa que se reza en la Misa de su fiesta, puso aquellas palabras: “le fueron reveladas a ella inescrutables riquezas del Corazón de Jesús”.
Pero la gran promesa, por la importancia de su contenido, fue examinada con mayor esmero. Dice un testigo: “Fue sometida especialmente a juicio de los teólogos de Roma… y estaba subrayada gruesamente, prueba de que los encargados de examinarla no la dejaron pasar sin haber pensado seriamente sobre ella”.
Benedicto XV, en la bula de Canonización de Santa Margarita María de Alacoque, hace mención especial de las promesas que le hizo el Sagrado Corazón de Jesús; y al referirse a la gran promesa, reproduce íntegramente el texto de ella.
Pío XI, en la Encíclica Miserentissimus Redemptor, alaba la práctica de la Comunión de los Primeros Viernes y dice: “Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazón de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazón divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús”. (nº 3)
Prueba de la estima que la Iglesia tiene de esta promesa es la Indulgencia Plenaria que concede cada Primer Viernes al que Comulgare, Confesare y Asistiere al ejercicio público en honor del Sagrado Corazón de Jesús; y si no puede asistir a este ejercicio público, Rezando privadamente algunas preces para Reparar las injusticias hechas al Corazón de Jesús.
Asegura también la autenticidad de la promesa, la aceptación extraordinaria que ha tenido en el pueblo cristiano y los frutos preciosos que se han seguido de ella; pues la frecuencia de Sacramentos ha crecido de una manera insospechada. Podemos decir que es uno de los recursos modernos más eficaces para acercar las almas a Jesucristo, para fomentar la devoción a la Eucaristía y para renovar la vida cristiana.
- REQUISITOS PARA EL CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA
¿Qué condiciones requiere el Sagrado Corazón de Jesús para que cumpla su promesa?
COMULGAR: No dice Confesar y Comulgar. Sólo dice Comulgar. El que esté en gracia de Dios no necesita Confesarse. Pero si quiere ganar la Indulgencia Plenaria que cada Primer Viernes de mes concede la Iglesia, tiene que Confesar y Asistir al ejercicio público de la Santa Misa.
Comulgar en gracia de Dios. La Comunión en pecado mortal no vale. El que tenga algún pecado mortal tiene que Confesarse.
Comulgar con intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús.
Comulgar con deseos de seguir Sirviendo a Dios. El que practique los Primeros Viernes con el fin de pecar después tranquilamente, confiado en la promesa, haría una ofensa al Corazón de Jesús. Sería utilizar para fomento del pecado los medios que el Sagrado Corazón de Jesús ofrece para facilitar la Salvación. Sería comulgar sin propósito de la enmienda. Tales comuniones, más que dignas de premio, serían merecedoras del castigo.
COMULGAR NUEVE PRIMEROS VIERNES DE MES SEGUIDOS. La Comunión tiene que ser el viernes; no se puede cambiar por otro día de la semana.
PRIMEROS VIERNES SEGUIDOS. Si se interrumpen voluntariamente hay que comenzar de nuevo.
¿Y si se interrumpen forzosamente?
Hay dos opciones:
Algunos dicen que las Comuniones recibidas valen. No hay que comenzar de nuevo. Otros dicen que las Comuniones recibidas no valen; por lo tanto, hay que comenzar otra vez. En la duda, hay que asegurar bien un asunto tan importante y deberían repetirse las Comuniones.
Los Romanos Pontífices han concedido gracias muy estimables a la práctica de la Comunión; pero ninguna devoción ofrece un privilegio tan estimable como la comunión en los nueve Primeros Viernes de mes.
Nadie que tenga deseos de salvar el alma debería omitir este medio de conseguirlo que ofrece el Sagrado Corazón de Jesús. Y ¿QUIÉN NO QUIERE SALVARSE?
Los padres deberían procurar, con todo interés, que sus hijos hicieran los Primeros Viernes de mes cuanto antes; nada más hacer la Primera Comunión.
En primer lugar, porque las comuniones de los niños de ordinario son buenas; no cometen pecados mortales con tanta facilidad como las personas mayores. Además, puede suceder que el niño muera antes de haber practicado esta devoción trascendental.
Los devotos del Sagrado Corazón de Jesús acostumbran a Comulgar todos los Primeros Viernes del año y hacen Comuniones Reparadoras para expiar las ofensas que se hacen a Jesucristo, sobre todo en la Eucaristía.
Es la tercera práctica del Apostolado de la Oración.
Porque en el Corazón eucarístico de Jesús encontramos la infinita majestad de Dios y acudimos reverentes hasta Él. Así nos educaba el beato Juan Pablo II: “La infinita Majestad de Dios se oculta en el Corazón humano del Hijo de María. Este Corazón es nuestra Alianza. Este Corazón es la máxima cercanía de Dios con relación a los corazones humanos y a la historia humana. Este Corazón es la maravillosa «condescendencia» de Dios: el Corazón humano que late con la vida divina: la vida divina que late en el corazón humano.
En la Santísima Eucaristía descubrimos con el «sentido de la fe» el mismo Corazón, -el Corazón de Majestad infinita- que continúa latiendo con el amor humano de Cristo, Dios-Hombre.
¡Cuán profundamente sintió este amor el Santo Papa Pío X! Cuánto deseó que todos los cristianos, desde los años de la infancia, se acercasen a la Eucaristía, recibiendo la santa comunión: para que se unieran a este Corazón que es, al mismo tiempo, para cada uno de los hombres «Casa de Dios y Puerta del Cielo».
«Casa» ya que, mediante la comunión Eucarística el Corazón de Jesús extiende su morada a cada uno de los corazones humanos. «Puerta» porque en cada uno de estos corazones humanos, Él abre la perspectiva de la eterna unión con la Santísima Trinidad” (Ángelus, 16 de junio de 1985).
Comunión reparadora, porque en Ella encontramos al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo y nos unimos al sacrificio redentor de Cristo que salva. Escribe el Padre Mateo Crawley, apóstol del Sagrado Corazón en el Perú:
“Había sido invitado a rezar la Santa Misa en el oratorio particular de una distinguida familia. Habían invitado para asistir a mi Misa a un amigo, masón y ateo, que nunca había pisado en iglesia alguna.
Cuando vestido de los ornamentos sagrados, salgo para ir al altar, me veo adelante a un hombre de pie, con los brazos cruzados entre dos señores, devotamente arrodillados: la escena del Calvario al revés. Allá Jesús entre dos malhechores, aquí el malhechor entre dos almas buenas.
Empiezo el Santo Sacrificio, y él, el hombre superior, siempre parado, casi en actitud de desafío. Al momento de la Consagración, de repente, como fulminado por fuerza sobrehumana, entre el asombro de los presentes, cae de rodillas, la mirada fija en el altar mientras los ojos se le llenan de lágrimas.
¿Qué había sucedido…?
Al terminar la Santa Misa, pidió de presentarse a mí, deseoso de hablarme.
-Padre, me dice ¿qué es lo que ha venido a hacer Ud. en esta pieza?
-¿Qué vine a hacer…? A celebrar la Santa Misa.
-¿Qué es la Misa?
Disculpe: Ud. ¿es creyente?
–No, yo no creo.
-Vea, señor, el hombre había pecado, y Dios, para conseguirle el perdón, envió a la tierra a su divino Hijo, quien, después de predicar su doctrina y confirmarla con los más grandes milagros, fue apresado por sus enemigos y hecho morir en la Cruz entre dolores y tormentos atroces.
-Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la Misa?
-La Misa es esto, nada más que esto: la renovación del sacrificio realizado en la Cruz por nuestra salvación.
El masón me estaba mirando como trasoñado, y prosigue:
-Entonces, dígame; ¿quién es aquel que vino en su lugar?
-No comprendo.
En determinado momento, cuando tocaron la campanilla (a la Consagración), Ud. desapareció, y en su lugar, vino otro señor, de aspecto majestuoso, triste, muy triste, y todo cubierto de llagas. Tenía los brazos abiertos, y de las manos, traspasadas por heridas, manaba sangre, que caía en aquel… vaso de metal que estaba en el altar…
-¿En el cáliz?
-Sí, en el cáliz. Yo nunca he visto espectáculo más tierno y conmovedor y me sentía temblar de pie a cabeza en su presencia. Después de algunos minutos (después de la Comunión del Celebrante) desapareció y volvió Ud. en su lugar Dígame ¿quién era ese señor?
-Era Jesús, Jesús azotado por sus enemigos; Jesús coronado de espinas; Jesús todo cubierto de llagas y derramando sangre; Jesús que ha muerto en el madero de la Cruz; Jesús que ha muerto por nuestra salvación; Jesús que quiere donarle a Ud su perdón y su amor…
Aquel pobre pecador, convertido por este gran prodigio, se arrodillaba arrepentido a los pies del Ministro de Dios, y, en la sangre del Cordero que borra los pecados del mundo, purificaba su alma.