Corazón (1)

IV. Corazón de Jesús, de Majestad Infinita

La majestad está unida a la grandeza. A una grandeza material, o a una grandeza espiritual. Es majestuoso el monte, cuya cima serenamente se eleva a las alturas; es majestuoso el rugido constante del mar, cuyas olas se quiebran en las rocas; es majestuoso el dominio del alma, que supera imperturbable todas las persecuciones y todos los peligros.

Mas en la majestad no hay sólo grandeza. Hay una grandeza que impone, que produce temor y respeto en quien la contempla. Al verla, nos sentimos demasiado pequeños, nos sobrecogemos, y brota en nosotros el respeto. Un respeto, que crece tanto cuanta es la grandeza que lo hace surgir en nuestro corazón.

Entre los hombres, los reyes presentan una grandeza excepcional, que produce en sus súbditos un gran respeto. Por eso a los reyes les damos el título de Majestad.

Mas sobre los reyes hay algo inmensamente más alto y más grande; algo que engendra en nosotros un respeto infinitamente mayor. Es la grandeza infinita de Dios. Grandeza excepcional y única; que no sufre comparación con ninguna otra. Por eso llamamos a Dios singularmente Su Divina Majestad.

El Corazón de Jesús, aunque corazón humano como el nuestro, tiene una majestad infinita. Porque su grandeza es infinita y merece de nuestra parte el respeto sin límites que se debe a la majestad de Dios. El Corazón de Jesús es un corazón humano; mas el Corazón de una Persona divina es de verdad y con entera propiedad Corazón de Dios.

Cuando se acercó al monte Sinaí la Majestad de Dios, fue entre relámpagos y truenos, en medio de nubes y de fuego y de clamor. Y el pueblo de Israel, de tal modo se aterrorizó ante la Majestad divina, que dijeron a Moisés: “Háblanos tú y viviremos; que no nos hable Dios, porque moriremos”. ¡Tanto fue el respeto que produjo en las almas la Majestad de Dios!

Cierto que la Majestad infinita del Corazón de Jesús no produce esa impresión de terror; porque, al fin, está templada con la sencillez y la benignidad de aquel Señor que se ha hecho uno de nosotros en su Encarnación. Mas no olvidemos que, humilde y pequeño en nuestra carne, es Dios en las alturas. El mismo Dios del Sinaí. El mismo que creó los cielos y gobierna el movimiento de sus astros. El mismo que contiene los mares con barreras de arena y los domina con su voz. ¿No lo hemos visto en su vida mortal levantarse en la nave de Pedro, en medio de la tempestad, y mandar a los vientos y a las olas, que sumisos le obedecen? ¿No le hemos visto dominar todas las enfermedades y aun la misma muerte? ¿No le hemos visto arrojar los demonios de los cuerpos y de las almas?

Majestad infinita, del Señor, que atraviesa sereno por entre las filas de sus enemigos cuando quieren despeñarle; y nadie se mueve siquiera. Majestad infinita, la del Señor, que responde en el huerto: “¡Yo soy!”; y sus enemigos caen por tierra a solo el sonido de su voz. Majestad infinita, la del Señor, que calla y enmudece ante sus perseguidores; y ellos se admiran y confunden. Majestad infinita, la del Señor, que desangrado y deshecho, tiene todavía fuerza para morir con serenidad divina entregando con una grande voz su espíritu al Padre; y el centurión gentil tiene que bajar del Calvario maravillado.

Es la Majestad infinita de aquel Señor transfigurado en el Tabor ante los Apóstoles sobrecogidos de espanto. Es la majestad infinita de aquel Nombre, ante quien doblan las rodillas el cielo y la tierra y los infiernos. Es la majestad infinita de aquel divino Juez, que con voz de trueno lanzará de su presencia a los condenados a una eternidad de muerte sin remedio.

Ante la amabilidad, también infinita, del Corazón de Jesús, no olvidemos esa majestad suya infinita. Y que la confianza con que nos acercamos a Él, que nunca será demasiada, no sirva para disminuir en nuestras almas el respeto que se debe a Dios.

Perdonados por El, hechos sus íntimos por su misericordia infinita, no dejamos de ser sus criaturas. En el orden natural, en el que nos dio la existencia y cuanto somos y tenemos; en el que nos conserva cada momento para que no volvamos a la nada. Y en el orden sobrenatural, en el que tantas veces nos ha sacado del abismo de nuestros pecados, y nos ha dado y nos mantiene la vida verdadera de la gracia.

Siervos y criaturas cuyas, Él es Nuestro Señor. Nada ni nadie podrá nunca suprimir en nuestras almas las raíces profundas de donde tiene que brotar el más rendido respeto hacia Él. El respeto que se debe a su Majestad Infinita de Señor.

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Redacción SMCR

Las publicaciones firmadas como «Redacción SMCR» son producidas por miembros del equipo de redacción bajo la supervisión del Responsable del Equipo Editorial de nuestro instituto, quien garantiza que cada contenido sea fiel a los principios rectores de la Sociedad Misionera de Cristo Rey. Como nos enseñó el Padre José María Alba S.J., «¿Para qué queremos la vida si no es para gastarla en el Divino servicio?». Si deseas ponerte en contacto con nosotros o tienes algún comentario sobre nuestro contenido, por favor escribe al correo contacto@misionerosdecristoreyperu.com.
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